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«Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo»

La violencia es un tema reiterativo dentro de la historia de la literatura española, cuyo interés se suscita hasta nuestros días, prueba de ello fue el XVI Coloquio Anglogermano realizado el pasado año en Utrecht y Ámsterdam, titulado «Calderón y la violencia. Presencia y configuración de una constante antropológica en la España áurea y la obra calderoniana». En dicho coloquio expuse un trabajo acerca del papel de la violencia en la comedia cómica calderoniana. Sin embargo, no quiero hablar aquí de la violencia en la comedia (ya lo haré, ¡promesa!) sino de una novelita que me persigue desde hace mucho: La familia de Pascual Duarte. Sus palabras iniciales me fascinaron y a partir de ahí y, cada vez que algo me las recuerda, las escucho en mi cabeza.

La historia de la novela española de posguerra se inicia efectivamente con la aparición de La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela en 1942, novela que gozó de un gran éxito entre los lectores y la crítica. Cela dice al respecto: «Yo creo que gran parte de la expectación que produjo fue debida a que llamaba a las cosas por sus nombres. Cuando un ambiente está oliendo a algo, lo que hay que hacer, para que se fijen en uno, no es tratar de oler a lo mismo sólo que más fuerte, sino, simplemente, tratar de cambiar de olor» (Martínez Cachero, J. M., La novela española entre 1936 y el fin de siglo. Historia de una aventura,1997, p. 134). Ante esto, Martínez Cachero afirma que, antes que de un cambio de olor, se debería hablar de una falta de olor en la novela española entre 1939 y 1942 «(…) y del deseo, sentido con apasionada urgencia, de que cesara una tal situación» (Martínez Cachero, 1997: 134).

La novela presenta la historia de un condenado a muerte, quien a través del relato muestra su desgraciada vida y los horrendos crímenes por él cometidos. A pesar de ello, Pascual revela su verdadera naturaleza, la cual ubica al lector frente a un ser primitivo, determinado por las circunstancias:

«Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas. Aquéllos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la cara del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie puede borrar ya» (Cela, 1976: 25).

Las palabras de Pascual son elocuentes, pues, a través de ellas, se ingresa a un mundo caracterizado por la violencia, en donde el autor ha querido plasmar una sangrienta caricatura de la realidad. Como consecuencia de lo anterior, la novela ha sido analizada a la luz de la tendencia tremendista. Esta tendencia estética ha sido definida de diferentes formas, ya sea como un desquiciamiento de la realidad en un sentido violento o la sistemática presentación de hechos desagradables y repulsivos. No obstante, estas definiciones sólo constituyen un esbozo de lo que realmente significa este movimiento. En la definición entregada por Ángel del Río, el tremendismo es «un realismo que acentuaba las tintas negras, la violencia y el crimen truculento, episodios crudos y a veces repulsivos, zonas sombrías de la existencia. Esto, en cuanto al material novelesco; respecto al lenguaje, desgarro, crudeza y, en alguna ocasión, una cierta complacencia en lo soez» (Martínez Cachero, 1997: 115).  Esta tendencia tremendista posee larga data en la literatura española, ejemplo de ello lo constituyen La Celestina, la novela picaresca, Goya y la llamada España negra, Valle-Inclán y su visión esperpéntica de la realidad. Todos estos elementos se encuentran presentes en la configuración de La familia de Pascual Duarte, novela que se encuentra estructurada de acuerdo a dos motivos fundamentales: la violencia y la ternura,  los cuales se relacionan íntimamente con la forma de presentar el mundo en la España de posguerra.

Eugenio de Nora manifiesta que la violencia y sus estragos se encuentran en mayor medida en aquellos que rodean a Pascual. De esa forma, el protagonista adquiriría características duales, es decir, sería a la vez, víctima y victimario. De este modo, La familia de Pascual Duarte no sería sólo «(…) la familia carnal, sino la familia social, la sociedad española en cuyo seno –bien poco materno– se formó o deformó aquella oveja sacrificial, aquel cordero pascual. Porque Duarte, que tantas víctimas hace, resulta ser, no ya una víctima más de la Ley, sino la víctima de su familia, la particular y la general. Y confirma esto el hecho en que la crítica ha insistido menos: que la confesión del condenado a muerte sea una confesión pública dirigida al representante de la clase social agredida en la persona del conde de Torremejía» (Sobejano, G., Novela española de nuestro tiempo, 1970, p. 83).

 
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Publicado por en mayo 21, 2012 en Novela española